He de confesar algo.

•junio 2, 2012 • Dejar un comentario

Estoy harto de fingir madurez. Harto de comportarme como se espera que lo haga. Harto de ser responsable, de ser un hombro sólido en el que apoyarse, de sacarte una sonrisa cuando la necesitas aunque me cueste encontrarme a mí mismo en el fondo del agujero. No puedo seguir llevando esa máscara por más tiempo. Soy quien soy, con mis caprichos, mis defectos, mis manías y mis impulsos suicidas. Y ahora mismo, tengo más de uno señalando objetivos en el mapa.

Podrás pensar que todo esto no encaja conmigo. Normalmente te daría la razón. Pero como al fin y al cabo podía preverse, algún día tenía que explotar. Toda una adolescencia jugando a ser adulto tenía que desembocar en un ataque de rebeldía ante la madurez en algún momento. Y se ha dado ahora. Lo siento por ti, que claramente buscabas otra cosa. El hambre de emociones se ha comido toda la templanza que había podido acumular hasta ahora.

Y esto ha sido sincero. Mañana no voy a responder nada relacionado con la entrada; dejo el aviso y me voy a dormir. Buenas noches.

Color en el blanco.

•mayo 27, 2012 • Dejar un comentario

…Y aquí estoy, una noche más. Melancólico e insomne. Ansioso por darle un soporte a mis cavilaciones para poder prescindir de los malos sueños unas horas. Solo que hoy son demasiadas, y el conjunto es demasiado confuso.

La razón de que mantenga el blog es mayormente egoísta, pero no tanto como podría pensarse. Me gusta contar con la tranquilidad que da resumir las ideas de todo un día sobre el papel, pero a la vez también deseo darle la oportunidad de entenderme mejor a todo aquel que sienta interés. La escritura dice mucho de una persona, si se sabe leer. Y no hablo de juntar letras. Conocer el abecedario no es suficiente.

Puede que no sea claro ni coherente al desahogarme de esta forma, pero puedo permitírmelo. No escribo para nadie en concreto. No me guío por ningún criterio de lectura. Son líneas sin un fin. No tienen por qué ser leídas. Son, simplemente, una parte de mí.

Un detalle que me gustaría dar a conocer esta noche, vista mi incapacidad para llegar a ninguna conclusión, es mi predilección por los bolígrafos de tinta líquida. La fluidez con la que la punta recorre el papel crea una caligrafía especial. Más sincera. Por esta razón uso Bic al ir a clase. Mi forma de ser no va con disfrutar el desarrollo escrito de un problema de matemáticas. No hay placer en ese gasto de tinta.

Ah… no sé qué más decir. Empecé a garabatear con cierta determinación, pero ahora mismo no me salen las palabras. Me he quedado sin aire. Ni las dobladas esquinas de la prueba de impresión cuya cara trasera estoy reutilizando pueden sacar algo más de mí ahora mismo.

Ojalá nunca se pierda la escritura sobre papel. No importa hasta qué punto te carcoma el desasosiego; siempre podrás contar con encontrar un folio y un lápiz. Siempre van a escucharte, aunque nadie más lo haga. Es una unión imperecedera, que ni los mejores ordenadores del mundo podrían romper. El poder de la palabra aún por escribirse no debería olvidarse. Como dijo Makaroff, “hay color en el blanco”.

Brechas.

•mayo 20, 2012 • Dejar un comentario

Dicen que la belleza de una mujer es equiparable a la de un navío arriando las velas mientras parte con las primeras luces del alba. No puedo menos que estar de acuerdo. Mil perlas y carmines podrían brotar de un poeta enamorado sin describir ni remotamente esa perfección.

Pero a veces, la belleza no es lo primero que reclama tu atención. O al menos, no toda ella. A veces, tu mirada acude directamente a la sonrisa. El espejo del alma, el verdadero. No hagáis caso a los que digan lo contrario; no tienen ni puta idea.

Hoy he visto una sonrisa increíble. Quizá decir que estaba cargada de matices no sería suficiente. Tristeza, melancolía, inseguridad, miedo, soledad,… Todo eso en el más bello gesto que vuestra imaginación pueda concederle a una desconocida.

Esa sonrisa, chica de viva mirada y tembloroso corazón, era el mástil de un barco que se hunde sin remedio. Y era toda tuya.

Loveless.

•mayo 18, 2012 • 2 comentarios

Una autopista hacia un enorme y sonrojado crepúsculo. Esa imagen acude a nuestra mente con cierta regularidad, ¿verdad? Al menos, es la metáfora más usual para visualizar el viaje hacia una nueva vida. Una ruptura con todo lo vivido y un comienzo libre de cargas.

También hay personas, más realistas, que eligen el avión. Una voz enlatada enumerando idílicos destinos paradisíacos, mientras arrastras una maleta de un lado a otro en un aeropuerto repleto de importantes ejecutivos y chirriantes camisas hawaianas.

Os diré algo: las personas que eligen la segunda opción… no escuchan rock. Tampoco aceptarían nunca una copa si es un extraño el que invita. No cogerían una mochila y se lanzarían a la aventura sin antes planificar el viaje, ni mucho menos pasarían una noche columpiándose en una hamaca bajo la luz de las estrellas. Es más, ni siquiera tendrán interés en aprender a colocar una hamaca. Y por supuesto, no devolverían un beso sin saber si están comprometiéndose de por vida.

Todas esas personas grises comparten otra cosa. Si te acercas a una de ellas y le preguntas acerca de su vida, te dirá que no le va mal. Que no puede quejarse. Incluso te dirá que está satisfecha, ya que al fin y al cabo, “hay gente que vive en la calle, ¿no?”. Alejaos; vomitará una sonrisa tras decir esto.

¿Qué ha sido del romanticismo? ¿Acaso la gente no sabe hoy en día perseguir sus sueños más allá de la barrera del realismo? ¿De verdad elegirían una tarjeta de embarque en lugar del cálido tacto de un volante y la ceguera del sol de media tarde?

Si esto es así, lamento mucho anunciar que soy un desadaptado social. Si no puedo tener la vida que ansío, disfrutaré hasta la muerte mi vida de mierda, pero siempre con el optimismo del que se atreve a dejarlo todo atrás por un sueño.

Drowning.

•mayo 15, 2012 • Dejar un comentario

Miras el reloj otra vez. Son las tres de la madrugada, y el teléfono mantiene su triste y repulsivo silencio. Coges la botella y vuelves a rellenar el vaso. Apenas gotea unos segundos, así que te levantas, con esfuerzo y sin recordar si en algún momento de tu vida has dado un paso con seguridad. Te tambaleas hacia el mueble bar, y entonces acuden todas las imágenes a tu cabeza. Cada mirada, cada beso, cada caricia que has usado para alejarla de ti. Cada mujer a la que le has hecho el amor para rellenar su ausencia. Cada desayuno que le has llevado a otra en su lado de la cama. Porque, al fin y al cabo, su nombre sigue ahí, escrito en cada arruga de las sábanas.

Es inútil. Te desplomas. Su sonrisa inunda tu subconsciente. Te das cuenta de que el equilibrio ya no importa. Abajo, arriba… son conceptos que carecen de sentido. Te hundes en un océano de añoranza. Al final, no has podido huir. ¿O no querías huir? Tal vez se trató de eso desde el principio. ¿Estuviste seguro en algún momento de la decisión que tomaste? No ansiarías una llamada perdida que te ayudase a alcanzar la orilla, si así fuese. Sin embargo, cada vez estás más cerca del fondo. Cada vez vislumbras menos rayos de sol.

Tratas de dar una brazada, pero sientes los brazos lentos, pesados. Le echas la culpa al alcohol. Eso es. Aún podrías escribir una disculpa de no ser por él. Te abandonas cual suicida rumbo al lecho del Támesis, aferrado al falso consuelo de la ebriedad. Se apaga la luz. Y entonces, entiendes que ella habría iluminado todos los días de tu vida si la hubieses dejado. Cerraste el libro antes del segundo capítulo. Fin de la historia.

Oleaje.

•mayo 6, 2012 • Dejar un comentario

Bueno, escribo esto más por necesidad que por agradar. Hace veinticuatro horas que volví de un concierto de Marea, y no me he recuperado. Nunca me recuperaré, para ser exacto. Todo el mundo se lleva algo de cada concierto al que asiste, pero en este caso ha sido diferente, ya que lo que carcome mi estabilidad emocional en este momento no es la música. Tampoco es nada relativo al concierto en sí, realmente. No, es otra cosa.

Todo el que me conoce puede afirmar con una mano en la mesa y la otra en el corazón que nunca me ha gustado la poesía. Da igual cuántos poemas pudieran pasar ante mis ojos; solo algunos me gustaban y solo el sentido que yo les diese lo hacía posible. Sin embargo, algo ha cambiado. Tras escuchar a Kutxi Romero cantar las canciones que tantas veces han pasado por el cable de mis altavoces, he entendido qué quiere decir. No se trata de lo que puedas leer en la letra, o de lo que puedas entender de ella. No; el poeta transmite algo al escribir. Algo que solo cobra sentido cuando la lees con el ritmo que sus palabras marcan. Cuando todo lo comprendido entre la primera y la última palabra ha quedado impreso en tu mente como una única palabra. Ésa palabra fue la que el poeta buscaba, en un vano intento, mientras su bolígrafo rasgaba el papel. Y, como digo, poder ver la cara de aquel que escribe para expresar lo que siente mientras lo canta al mundo con los ojos cerrados… ha cambiado mi percepción. Ahora entiendo lo que leo.

Gracias, Kutxi, por abrirme esa puerta.

Californication.

•abril 19, 2012 • 2 comentarios

Bueno, realmente no es la hora más apropiada para estar despierto ni, mucho menos, reflexionar sobre algo. Pero la realidad es caprichosa; rara vez sigue las reglas que ella misma nos impone. Hace un rato, solo pensaba en el café que dentro de unas horas tomaré para poder asistir a clase un día más. No es solo un café, siendo exacto. Para mí, representa el inicio de cualquier suceso que tenga lugar a lo largo del día. No importa qué haga; horas antes habré removido un par de cucharadas de azúcar en ese café. Quizá podría decir que es el eje en torno al cual gira mi rutina. Sí, definitivamente es eso. El café es importante.

En cualquier caso. Ese pensamiento que describía suele ser precursor de unas cuantas horas de sueño. Pero hoy no ha ocurrido eso. Tras unas cuantas vueltas en la cama, tuve la certeza de que no dormiría esta noche. No sabría decir qué sentía en ese momento, pero curiosamente, era algo positivo. Así que con el fin de aprovechar el tiempo, elegí una serie que tenía pendiente y me puse cómodo ante el ordenador.

Californication.

Para quien no la conozca, haré un resumen. La serie se centra en la vida de Hank Moody; un escritor que, tras publicar un best-seller y separarse de su mujer, ha perdido la inspiración. Se refugia en el sexo ocasional (hecho que se muestra de forma absolutamente explícita en la serie) para no enfrentarse a sus problemas, pero no puede negar el hecho de que echa de menos a su familia, y que ésta era su verdadera inspiración.

Este es el punto en el que cualquiera diría “vaya, resulta que este muchacho solo necesita una ducha fría”. Y poniéndome en vuestro lugar, he de admitir que parece lo más lógico. Pero para mi asombro, ha ocurrido lo contrario. La serie me ha hecho reflexionar acerca de qué es importante y qué no lo es. De qué es trascendental para una persona. ¿Es importante el sexo para Hank? No. Al menos, no pasados cinco minutos desde que se escuchó el último gemido. Hank piensa hora tras hora en su mujer, en su hija, en todo lo que ha perdido. Y solo comienza a recuperarse cuando comienza una relación con otra mujer.

Ha sido una experiencia increíblemente productiva. Me interesaba más analizar el contexto de cada escena erótica que captar el erotismo en sí. Y como resultado, me he dado cuenta del error que esta sociedad ha cometido con respecto al sexo. ¿Es íntimo el sexo por definición? ¿Deben sentir algo realmente fuerte (en el sentido más metafórico posible; sé qué estáis pensando) dos personas para acabar en una cama, abrazadas y cubiertas de sudor?

No. Sin lugar a dudas, nos hemos equivocado en eso. El sexo como acto, sin connotaciones, nace de los instintos. Es satisfactorio. Es placentero. También a nivel psicológico, por supuesto. Pero no tiene por qué marcar a la persona. No tiene por qué sentar las bases de algo más. Dos personas podrían acostarse un día y continuar siendo amigos al día siguiente. Y esto debería ser considerado natural, por ellos y por todos los demás. Incluso, tratando de sacar un poco más de punta a este lápiz, podría afirmar que se crea un lazo de confianza libre de ataduras entre las dos partes; fueron sinceros el uno con el otro sin esperar nada a cambio. Y éste, señores, es un valor que deberíamos perseguir para la sociedad en la que vivimos.

No tengo mucho más que decir. Buenas noches y gracias por leer esta entrada. Espero poder responder comentarios en uno de los próximos treinta cafés.

PG^2

 
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